LECTURAS
Domingo 15 del
tiempo ordinario
AMÓS 7, 12‑15
Y Amasías, sacerdote de Betel, dijo a Amós: «Vete,
vidente; huye a la tierra de Judá; come allí tu pan y
profetiza allí. Pero en Betel no has de seguir
profetizando, porque es el santuario del rey y la Casa
del reino.»
Respondió Amós y dijo a Amasías: «Yo no soy profeta ni
hijo de profeta, yo soy vaquero y cultivador de higos.
Pero Yahveh me tomó de detrás del rebaño, y Yahveh me
dijo: "Ve y profetiza a mi pueblo Israel."
Amós, nacido en el Reino del Sur hacia el año 750,
comienza a hablar en nombre de Dios en el Reino del
Norte, anunciando el castigo de Dios que se avecina (la
destrucción del reino) y es recriminado por Amasías,
sacerdote del santuario de Betel, que es el santuario
nacional, controlado por el rey (el reino del norte
tiene su culto y sus sacerdotes, independientes de
Jerusalén).
Existe el gremio de los profetas, también “oficiales”,
ligados a los templos, pero Amós no pertenece a él, y
habla al pueblo anunciado el castigo de Dios por sus
pecados y la destrucción del reino. Los sacerdotes
oficiales rechazan al profeta no oficial, que no forma
parte de los colegios de profetas, sino que habla porque
Dios lo ha elegido.
Es frecuente en los profetas esta condición de
“marginales”. No son sacerdotes, ni pertenecen a los
colegios de profetas reconocidos. Son elegidos por Dios
gratuitamente, sacados de sus oficios y llamados a
anunciar la Palabra. Y es más frecuente aún que sean
ellos los que comunican la verdadera Palabra de Dios,
mientras los profetas que lo son por oficio no lo hacen.
Amós recrimina al pueblo y al rey sus pecados y les
anuncia el castigo. El sacerdote oficial lo denuncia al
rey, pues no puede tolerar que en el templo real se
proclame una doctrina tan peligrosa (para el profeta y
para él mismo, responsable del templo) pero (es un rasgo
de delicadeza de Amasías) avisa al profeta para que huya
y salve su vida.
El texto plantea un delicado problema, presente en las
religiones y sobre todo en las religiones que tienen
algo de oficial: molestar al pueblo o al rey, aun
diciendo palabras verdaderas, incluso Palabra de Dios,
puede ser un delito, conlleva un riesgo. En la Iglesia
tenemos centenares de casos que lo demuestran.
Pero “lo oficial” puede no ser el rey sino la misma
Iglesia. Es muy fácil que cualquier autoridad de la
Iglesia no tolere ninguna palabra de crítica porque dé
por supuesto que la Palabra de Dios no puede criticar a
la autoridad (avalada por Dios).
Tal fue también, conviene no olvidarlo, la situación de
Jesús, innovador de lo que se entendía como Palabra de
Dios, sin ninguna autoridad personal reconocida por sus
estudios o por su status, crítico de fariseos y doctores
y asesinado finalmente por los legítimos sacerdotes del
Templo.
Pero para nosotros, gente de a pie, se nos plantea otro
problema, mucho más importante: ¿a quién hemos de
escuchar? Si la autoridad oficial, para los del tiempo
de Jesús los doctores y los sacerdotes, para nosotros el
Papa y los obispos, pueden estar sometidos a crítica por
un vaquero cultivador de higos o por un indocumentado
carpintero de Nazaret... Y lo peor de todo es que la
Escritura oficialmente aceptada por Israel y por la
Iglesia da la razón a Amós y a Jesús y los tiene por
Palabra de Dios, frente a la Religión oficial.
El tema es excesivo para desarrollarlo aquí, pero es
necesario planteárselo. ¿Con qué criterio contamos para
tener alguna seguridad? ¿Es suficiente que lo diga la
autoridad legítima? Y respecto a los profetas “no
oficiales” ¿es suficiente para descalificarlos que los
rechace la autoridad legítima?
EFESIOS 1, 3‑14
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que
nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase
de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en
la Persona de Cristo -antes de crear el mundo- para que
fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el
amor. Él nos ha destinado en la Persona de Cristo -por
pura iniciativa suya- a ser sus hijos, para que la
gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha
concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.
Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la
redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su
gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para
con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su
Voluntad. Éste es el plan que había proyectado realizar
por Cristo, cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la
tierra.
[Con Cristo hemos heredado también nosotros. A esto
estábamos destinados por decisión del que hace todo
según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya
esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria. Y
también vosotros -que habéis escuchado la Verdad, la
extraordinaria noticia de que habéis sido salvados, y
habéis creído- habéis sido marcados por Cristo con el
Espíritu Santo prometido, el cual -mientras llega la
redención completa del pueblo, propiedad de Dios- es
prenda de nuestra herencia.]
Hemos terminado las lecturas de la segunda carta a los
Corintios. En adelante, hasta el domingo 21, leeremos la
carta a los Efesios. La opinión más general entre los
especialistas es que ni es una carta, sino un tratado,
ni es de Pablo sino de un discípulo que imita su estilo,
ni fue dirigida en su origen a los cristianos de Éfeso.
Más que una carta, es un tratado, muchas de cuyas
expresiones difieren fuertemente, en fondo y forma de
los escritos más sólidamente paulinos. Tiene fuertes
paralelos con la carta a los Colosenses, cuya
autenticidad paulina es hoy también fuertemente
discutida.
Hoy leemos el principio, una introducción o prólogo
solemne, una especie de himno en que el autor da gracias
a Dios por los dones recibidos, por el don supremo de
ser hijos, por el Espíritu. De este texto dice la Biblia
del peregrino que “es un párrafo dificilísimo,
probablemente el más difícil del Nuevo Testamento”, y lo
califica de “alarde –o maraña– gramatical”.
Me niego a aceptar que esta maraña pseudo-paulina
se lea en la Eucaristía. Ni lo va a entender la gente
(que lo va a oír sin más sin enterarse de nada) ni la
inmensa mayoría de los curas lo van a explicar porque
tampoco ellos lo entenderán, ni merece la pena que algún
sublime teólogo le dedique diez minutos de sermón que
acabarán liando a todos (incluso a él aunque no lo
confiese).
Jesús hablaba en parábolas para que todo el mundo le
entendiese. Y un día Jesús, “lleno de gozo en el
Espíritu” dio gracias al Padre porque “ocultas estas
cosas a los importantes y se las revelas a los
sencillos”. Y nuestra gran teología católica se basa más
en los complicadísimos Juan y Pablo que en las
parábolas. No es bueno corregirle el estilo a Jesús. No
es bueno, pero lo hemos hecho. Y así nos va.
José
Enrique Galarreta, S.J.