APOCALIPSIS 11, 19 +
12, 1 y 6-10
Se
abrieron las puertas del templo celeste de Dios y
dentro de él se vio el Arca de la Alianza. Hubo
rayos y truenos y un terremoto, una tormenta
formidable.
Después
apareció una figura portentosa en el cielo: una
mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada
por doce estrellas. Estaba encinta, le llegó la hora
y gritaba entre los estertores del parto.
Apareció otro portento en el cielo: un enorme dragón
rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y siete
diademas en las cabezas. Con la cola barrio del
cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la
tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que
iba a dar a luz, dispuesto a tragarse al niño en
cuanto naciera.
Dio a
luz un varón, destinado a gobernar con vara de
hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo
llevaron junto al trono de Dios. Mientras tanto, la
mujer escapaba al desierto.
Se oyó
una gran voz en el cielo: “Ya llega la victoria y el
poder, el reino de nuestro Dios y el mando de su
Mesías”
En
realidad no es un texto, sino una especie de
potpourri, en que se han juntado versos de
diferentes contextos. Se trata de un desesperado y
vano intento de buscar en el NT alguna referencia
aplicable a María, la Madre de Jesús, de ensalzarla
y justificar sus dogmas.
Los
símbolos que aparecen en esta mezcla de fragmentos
no se refieren a María – y en esto concuerdan todos
los especialistas -, pero la liturgia parece
sentirse autorizada a prescindir de la exégesis.
Recordando un concepto básico, diremos que todo el
Apocalipsis es un libro de símbolos, no una
descripción profética de realidades. En los textos
que leemos hoy, por abreviar, se trata del pueblo de
Israel, de la Antigua alianza, figurada por el Arca
y la Mujer, que han de dar a luz el Mesías a pesar
de la oposición de las fuerzas del mal (el dragón),
que seguirán hostigando a los que siguen al Mesías,
planteándose así la finalidad fundamental del Libro,
que es animar a los cristianos de finales del siglo
I ante las terribles persecuciones de los
emperadores romanos, especialmente la de Domiciano
(81-96 dC).
La
aplicación de estos textos a María la madre de Jesús
es por tanto completamente arbitraria y supone una
manipulación intolerable.
CORINTIOS 15, 20-26
Cristo
ha resucitado, primicia de todos los que han muerto.
Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha
venido la resurrección. Si por Adán murieron todos,
por Cristo todos volverán a la vida.
Pero
cada uno en su puesto: primero, Cristo como
primicia; después, cuando él vuelva, todos los
cristianos; después los últimos, cuando Cristo
devuelva a Dios su reino, una vez aniquilado todo
principado, poder y fuerza.
Cristo
tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos
estrado de sus pies. El último enemigo será la
muerte. Porque dice la Escritura: “Dios ha sometido
todo bajo sus pies”.
Pablo
parece interpretar el pasaje del Génesis, el pecado
de Adán, en sentido histórico. Del pecado de Adán
(Pablo no habla nunca del pecado de Eva, ni aun de
los dos, pues la transmisión es algo reservado al
varón) proviene el pecado de la humanidad y su
desgracia (pecador ante Dios desde su nacimiento por
herencia de su primer progenitor).
De
aquí, especialmente por obra de San Agustín, procede
la noción de pecado original y aquí se funda una
nefasta concepción de la Redención = “pagar al
eterno padre la deuda de Adán”.
Hemos puesto “padre”, con minúsculas, para
diferenciarlo del sentido primero de la palabra tal
como la usaba Jesús, que es Abbá, al que llamaremos
Padre, con mayúsculas.
Pero
está claro que aquí no tiene el sentido de Padre,
puesto que para perdonar el pecado exige cobrar un
precio, un precio altísimo, nada menos que la sangre
de su Hijo (y no de Jesús, hijo de María sin más,
sino de la segunda persona de la Trinidad –por
definición igual al padre– encarnada).
Todo
este conjunto de espantosas blasfemias, que reniegan
de la esencia de la buena Noticia = “Abbá”, han
constituido materia de enseñanza habitual en la
Iglesia.
Gracias
a Dios, la exégesis ha destruido la historicidad del
relato del Génesis y con ella la noción de pecado
original como culpa y como herencia, lo que nos ha
llevado a entender mejor el concepto de redención.
La
diferencia fundamental está en quién paga y quién
cobra.
-
El
padre parecía ser el que cobraba un precio para
perdonar, tal como lo suponían los sacrificios
del AT, con los que se conseguía que Yahvé
depusiera su ira, apaciguada por el calmante
aroma del sacrificio.
-
Ahora
el Padre es el que paga, y el que cobra es el
pecado, que es el tirano de cuyas manos hay que
rescatar a los esclavos.
Pero
aun así, el concepto de redención nos queda
sumamente lejano, porque ya no hay redención de
cautivos y porque está demasiado cercano a la noción
de sacrificio cruento para aplacar la ira de Dios,
concepto del que gracias a Dios ya hemos escapado.
Abandonando este tema, nos fijamos por un momento en
las creencias de Pablo (no hablo de fe ni de Palabra
de Dios sino de sus creencias) en esa curiosa
gradación de los salvados: primero Cristo, luego los
cristianos, finalmente los demás, a los que llama
“los últimos” sin que podamos saber a quiénes se
refiere. No sabemos de dónde se habrá sacado Pablo
esta doctrina.
De
todas maneras hay una hermosa profesión de fe:
“cuando
Cristo devuelva a Dios su reino, una vez aniquilado
todo principado, poder y fuerza”.
Se
habla de un final triunfal. La humanidad será
liberada del poder del pecado y aun del poder de la
muerte y llegará a ser, finalmente totalmente y
únicamente “de Dios”. Esa sí que es una verdadera
esperanza cristiana: que Abbá no puede fracasar,
porque es Padre y es Todopoderoso.
Y
llegados aquí, ¡cómo se añora la sencillez de las
parábolas!, ¡cómo lamentamos que los llamados
teólogos cristianos se hayan apartado del género
propio de Jesús, entregándose a complicadas
especulaciones que no nos resultan fiables y además
a algunos nos parecen completamente estériles!.