ORACIÓN EUCARÍSTICA    

                             
 

 

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Oración eucarística

domingo 27 ciclo A

 

 

Te damos gracias, Padre, Señor de la viña de este mundo

y dueño de las viñas que a cada uno nos entregas.

Tú plantaste en los comienzos del cosmos

un árbol de la vida como vid fecunda.

Nosotros, tu pueblo, somos tu viña.

Con el salmista te decimos:

“Vuélvete, mira desde los cielos, fíjate, ven a visitar tu viña,

la cepa que tu diestra plantó y que Tú hiciste vigorosa”.

 

Te damos gracias por nuestros padres, nuestra cultura,

nuestros talentos, nuestras oportunidades.

Sabemos que esperas de nosotros buenos frutos.

Y nos damos cuenta de que abundan en nuestra viña los agrazones.

No obstante nos asociamos hoy, con nuestro canto,

a todos los que participan en tu alabanza,

expresando nuestra alegría y tu santidad.

 

Santo, santo…

 

Reconocemos hoy que tu viña sigue plantada aunque oculta.

En realidad, Cristo es la verdadera viña, plantada de nuevo.

Él es la vid y nosotros los sarmientos.

El fruto de tu viña, Padre, como vino nuevo es la sangre de Jesucristo.

Por eso recordamos hoy, Padre, la muerte y resurrección de tu Hijo

mientras esperamos su venida gloriosa.

Padre nuestro, danos a tu Hijo.

 

El Señor Jesús, la noche en que iban a entregarlo, cogió un pan, dio gracias, lo partió y dijo:

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced lo mismo en memoria mía».

 

Después de cenar, hizo igual con la copa, diciendo:

«Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía».

 

Haznos participar en tu obra de liberación y redención.

Fortalece con tu Espíritu a los que hemos sido invitados a tu mesa

para que todos nosotros,

con nuestros responsables, el Papa y nuestro Obispo,

caminemos alegres en la esperanza y firmes en la fe

y comuniquemos al mundo el gozo del evangelio.

 

Acuérdate también, Padre, de nuestros hermanos

que murieron en la paz de Cristo,

y de todos los demás difuntos, admitidos a contemplar la luz de tu rostro,

y llévalos a la plenitud de la resurrección.

Y cuando termine nuestra peregrinación por el mundo,

recíbenos en la mesa de tu Reino en comunión con María y los santos,

para que podamos gozar del vino añejo prometido.

 

Enséñanos a ser laboriosos en la viña, a escuchar a todo mensajero,

a producir frutos de verdad y de caridad

por los siglos de los siglos.

Amén.

Casiano Floristán

Luís Maldonado