CELEBRANDO LA CENA DEL SEÑOR
Comencemos la oración pidiendo que el Señor esté con
todos nosotros. ¡Levantemos el corazón!
¡Lo
tenemos levantado hacia el Señor!
Demos
gracias al Señor, nuestro Dios.
Es
justo y necesario.
Realmente es bueno y justo bendecirte, Señor, Padre
santo, fuente de vida y esperanza. Nos has dejado un
signo de tu amor en la Eucaristía y un símbolo de la
Comunidad Universal invitando a todos al banquete de la
vida.
De tu
seno brota el amor, la fuerza, el deseo de vivir y la
vida misma. Tú nos enseñaste la bondad, nos animaste a
vivir amando a amigos y enemigos. En Ti buscamos los
creyentes el consuelo al sufrimiento que muchas veces
nosotros mismos producimos y también buscamos la
seguridad de tu acompañamiento en el dolor de la
humanidad entera.
El
encuentro de sus seguidores con la palabra de Jesús
provocó en ellos un cambio. Entendieron la vida como una
fiesta, que celebramos todos juntos como iguales y
hermanados. Rompieron las barreras que les separaban a
unos de otros y ya no hubo ni esclavo ni libre, ni
hombre ni mujer, ni rico ni pobre sino que todos
compartían la experiencia de vivir como hermanos. Nos
reunimos en nombre de Jesús, Él nos invita.
Nos
propone que construyamos otro mundo, más solidario y
atento a las necesidades y a los sufrimientos de los que
deben sentarse con nosotros en la Mesa.
Crea,
Señor, en nosotros un corazón puro, un espíritu firme,
renovado y libre para que seamos capaces de cumplir tu
mandato de amor, paz y justicia.
Y con
la confianza que nos da la promesa de tu hijo queremos
cantar junto con los ángeles y los santos el himno de tu
gloria:
(recitado) Santo, santo, santo...
Estamos aquí porque creemos en la fuerza de la
comunidad, porque hemos sido reunidos por el espíritu
con el que Jesús dio fuerza a sus discípulos, espíritu
que nos une y nos guía por el camino de la verdad y la
vida. Así somos iglesia solidaria de los pobres, así
formamos la comunidad de Cristo y de sus seguidores.
Para
celebrar con anticipación un mundo de justicia y
comprometidos en allanarnos el camino unos a otros,
hemos preparado esta mesa para celebrarlo compartiendo
el pan y el vino, símbolos de la hermandad que nos une a
todos los hombres.
A
pesar del desaliento de los apóstoles, el mismo que a
veces nos inunda a nosotros, Jesús los reunió en torno a
la mesa, como nos reúne a nosotros hoy, tomó el pan, dio
gracias al Padre, lo partió y lo repartió diciendo:
Tomad
y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que se
entrega por vosotros.
Luego
tomó el cáliz y dando de nuevo gracias al Padre, lo
bendijo y lo ofreció diciendo:
Tomad
y bebed todos de él porque este es el cáliz de mi
sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será
derramada por vosotros y por todos los hombres para el
perdón de los pecados. Haced esto en memoria mía.
Este
es el sacramento de nuestra fe.
Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven,
señor Jesús!
Es
decir, Señor, anunciamos la muerte de tu hijo y
proclamamos la vida triunfando sobre el dolor y la
injusticia. Junto con su sacrificio te ofrecemos también
el dolor de cuantos sufren por la maldad, la injusticia
y la incomprensión. Te pedimos, Señor, por ellos.
También, y especialmente, por los que dedican su vida a
sanar las heridas de otros en el cuerpo y el espíritu.
Dales a unos el consuelo y a otros el valor necesario
para seguir adelante.
Recordemos también a aquellos que llevamos cada uno en
nuestro corazón, a los que nos han dejado, también a las
víctimas de esas guerras, siempre injustas, y aquellos
colectivos que sufren la violencia como los palestinos,
los saharauis, los vascos, las mujeres y tantos otros.
Por ellos brindemos:
Por
Cristo, con Él y en Él, te damos gracias Padre por
congregarnos en la unidad del Espíritu Santo por los
siglos de los siglos. Amén.