ORACIÓN EUCARÍSTICA    

                             
                               cristianos siglo veintiuno
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CELEBRANDO LA CENA DEL SEÑOR

 

 

Comencemos la oración pidiendo que el Señor esté con todos nosotros. ¡Levantemos el corazón!

 

¡Lo tenemos levantado hacia el Señor!

 

Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

 

Es justo y necesario.

 

Realmente es bueno y justo bendecirte, Señor, Padre santo, fuente de vida y esperanza. Nos has dejado un signo de tu amor en la Eucaristía y un símbolo de la Comunidad Universal invitando a todos al banquete de la vida.

 

De tu seno brota el amor, la fuerza, el deseo de vivir y la vida misma. Tú nos enseñaste la bondad, nos animaste a vivir amando a amigos y enemigos. En Ti buscamos los creyentes el consuelo al sufrimiento que muchas veces nosotros mismos producimos y también buscamos la seguridad de tu acompañamiento en el dolor de la humanidad entera.

 

El encuentro de sus seguidores con la palabra de Jesús provocó en ellos un cambio. Entendieron la vida como una fiesta, que celebramos todos juntos como iguales y hermanados. Rompieron las barreras que les separaban a unos de otros y ya no hubo ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ni rico ni pobre sino que todos compartían la experiencia de vivir como hermanos. Nos reunimos en nombre de Jesús, Él nos invita.

 

Nos propone que construyamos otro mundo, más solidario y atento a las necesidades y a los sufrimientos de los que deben sentarse con nosotros en la Mesa.

 

Crea, Señor, en nosotros un corazón puro, un espíritu firme, renovado y libre para que seamos capaces de cumplir tu mandato de amor, paz y justicia.

 

Y con la confianza que nos da la promesa de tu hijo queremos cantar junto con los ángeles y los santos el himno de tu gloria:

 

(recitado) Santo, santo, santo...

 

Estamos aquí porque creemos en la fuerza de la comunidad, porque hemos sido reunidos por el espíritu con el que Jesús dio fuerza a sus discípulos, espíritu que nos une y nos guía por el camino de la verdad y la vida. Así somos iglesia solidaria de los pobres, así formamos la comunidad de Cristo y de sus seguidores.

 

Para celebrar con anticipación un mundo de justicia y comprometidos en allanarnos el camino unos a otros, hemos preparado esta mesa para celebrarlo compartiendo el pan y el vino, símbolos de la hermandad que nos une a todos los hombres.

 

A pesar del desaliento de los apóstoles, el mismo que a veces nos inunda a nosotros, Jesús los reunió en torno a la mesa, como nos reúne a nosotros hoy, tomó el pan, dio gracias al Padre, lo partió y lo repartió diciendo:

 

Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros.

 

Luego tomó el cáliz y dando de nuevo gracias al Padre, lo bendijo y lo ofreció diciendo:

 

Tomad y bebed todos de él porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en memoria mía.

 

Este es el sacramento de nuestra fe.

 

Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, señor Jesús!

 

Es decir, Señor, anunciamos la muerte de tu hijo y proclamamos la vida triunfando sobre el dolor y la injusticia. Junto con su sacrificio te ofrecemos también el dolor de cuantos sufren por la maldad, la injusticia y la incomprensión. Te pedimos, Señor, por ellos.

 

También, y especialmente, por los que dedican su vida a sanar las heridas de otros en el cuerpo y el espíritu. Dales a unos el consuelo y a otros el valor necesario para seguir adelante.

 

Recordemos también a aquellos que llevamos cada uno en nuestro corazón, a los que nos han dejado, también a las víctimas de esas guerras, siempre injustas, y aquellos colectivos que sufren la violencia como los palestinos, los saharauis, los vascos, las mujeres y tantos otros.  Por ellos brindemos:

 

Por Cristo, con Él y en Él, te damos gracias Padre por congregarnos en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.