Gracias, Padre santo y bueno, por Jesús de
Nazaret,
hijo tuyo muy especial, que nos ha revelado
cuanto sabemos de ti.
En su vida, en su amor, en su palabra te hemos
visto encarnado.
Te has manifestado en Jesús y conociéndole te
hemos conocido.
En la persona de Jesús te has hecho próximo a
nosotros,
y por eso sentimos que nos acompañas en nuestro
camino.
Jesús ha hecho posible que te tratemos con
naturalidad y cariño.
Gracias una vez más por habernos dado a tu hijo
Jesús.
Su ejemplo de vida nos ilumina pero también nos
compromete,
Nos pidió no que hiciéramos gestos y liturgias
en su recuerdo,
sino que viviéramos en completa entrega al bien
de los demás.
epíclesis y fracción del pan
Este recuerdo de la vida que nos regaló
Jesús, nos motiva
para hacer realidad entre nosotros lo que fue su
único objetivo vital,
implantar tu reino, hacer un mundo más humano.
Necesitamos, Padre, contar con tu Espíritu,
sentir el impulso de tu fuerza, el calor de tu
compañía,
saber y sentir que no estamos solos,
vivir que tu Espíritu ya vive en nosotros.
No podemos bajar los brazos y darnos por
vencidos,
aunque esta lucha se haga cada día más
complicada,
porque no queremos otra cosa que lo que quieres
tú.
Danos fe en ti, Señor, y fe en todos los seres
humanos, creyentes o no,
que pelean por tu reino, un reino sin fronteras
ni pasaportes,
en el que todos nos hemos de sentir hermanos.
Movidos por tu Espíritu, alentados con la
cercanía de Jesús,
brindamos en tu honor, Padre Dios, ahora y
siempre.
AMÉN.
PRINCIPIO
Venimos a tu mesa, Padre, cargados con
nuestra mediocridad,
agobiados de problemas y
preocupaciones,
porque te necesitamos;
necesitamos tu pan, tu palabra, tu aliento.
Gracias porque nos comprendes
y
nos perdonas.
Por Jesús, tu hijo, nuestro Señor.
OFRENDA
Pan y vino, la mejor imagen de Jesús;
tu Espíritu lo hizo pan y vino entregados
para la vida de todos.
Ponemos en esta mesa nuestro pan y nuestro
vino,
nuestra carne y sangre, nuestra vida entera;
llénala con tu espíritu, conviértela en
entrega constante para todos.
Por Jesús, tu hijo, nuestro Señor.
DESPEDIDA
Gracias, Padre, porque en la eucaristía
sentimos tu Viento,
nos sentimos más hijos,
recibimos tu Aliento que nos anima a vivir.
Gracias Padre, por Jesús, tu Palabra,
nuestro Señor.
DIOS DEL SILENCIO
No anuncias la hora de tu llegada,
ni pregonas tu presencia
con trompetas, campanas o cañones.
Ya no nos convocas, como antaño,
con signos y prodigios, a ver tu gloria.
No quieres espectáculos.
Te pierdes por calles secundarias,
plazas públicas y mercados de barrio
donde no hay pedestales ni estatuas.
Tú no eres un dios de aplausos,
gritos y vítores.
Eres el Dios de la brisa y el silencio.
Tú llegas al corazón
y susurras palabras de vida.
Y, en las encrucijadas, miras y miras.
Y te quedas si te aceptamos;
y te vas si te rechazamos.
Eres la salvación y te ofreces a todos,
siempre y gratis,
pero sólo te acogen
los que saben de silencios
y encuentros trinitarios:
contigo,
con los otros
y con ellos mismos.
Dios silencio.
Dios encuentro.
Dios trino.
Florentino Ulibarri