Oraciones
para la
eucaristía
DOMINGO
6º DE PASCUA
ANÁFORA
Es justo reconocer, Padre de bondad, que
existimos y vivimos
rodeados de muestras permanentes de tu amor.
Tu Hijo, y hermano nuestro, Jesús, es la muestra
de tu amor inmenso a los hombres.
No estás hecho a imagen nuestra.
No eres como nosotros: amigo de unos y enemigo
de otros.
No eres el justiciero, sino sensible a los
fallos de todos.
Seguimos siendo duros de corazón
para comprender hasta dónde llegó el mensaje
liberador de Jesús.
Gracias, Padre bueno, por tu infinita paciencia.
Unidos a todos tus hijos, nuestros hermanos,
cristianos, musulmanes, judíos, creyentes y no
creyentes,
elevamos a ti este canto de acción de gracias y
alabanza.
Santo, santo…
Permanece entre nosotros la buena noticia de
Jesús,
que cambió nuestras mentes, nuestras viejas
doctrinas y religiones
con un solo y sencillo mandamiento, el del amor
fraterno.
Tenemos un sueño. Soñamos en la felicidad de
todos los seres humanos,
Soñamos en un mundo ideal, justo y solidario, al
que Jesús llamó tu Reino.
Soñamos en realizar el sueño de tu Hijo:
que nos amáramos los unos a los otros,
como hermanos, como amigos, como él hizo en su
vida.
Correspondió a tu amor, Padre Dios,
dedicando su vida a hacer felices a los demás.
Recordamos ahora, como él nos pidió, su entrega
por la causa del Reino.
El mismo Jesús, la noche en que iban a
entregarlo, cogió un pan,
te dio gracias, lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros;
haced lo mismo en memoria mía».
Después de cenar, hizo igual con la copa,
diciendo:
«Esta copa es la nueva alianza sellada con mi
sangre;
cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria
mía».
Dios y Padre nuestro,
la vida y la muerte de tu hijo Jesús nos han
abierto el camino hacia ti,
nos han enseñado que igual que tú nos amas;
igual que él nos amó,
debemos amar a todos los seres humanos y luchar
por su felicidad.
Jesús comprobó nuestra debilidad y egoísmo,
por eso nos dejó su Espíritu,
capaz de conducirnos a la plenitud para la que
nos has creado.
Te pedimos por la Iglesia católica, para que
abramos el corazón
a todo pueblo que te invoque desde su propia
cultura y religión
y nos unamos todos en el empeño de hacer
realidad un mundo mejor.
Creemos en la fuerza de la palabra de Jesús.
Si nos mantenemos en tu amor, tendremos vida y
alegría.
Más que nunca, Padre santo,
nos unimos a toda la creación para brindar por
tu mayor gloria
con este pan y vino, que representan la entrega
y el amor de tu hijo Jesús.
Por él y con él, queremos bendecirte por toda la
eternidad.
AMÉN.
Colecta
Dios, fuente de la vida,
te pedimos que al celebrar la resurrección de
Jesús,
descubramos la verdadera alegría en la ley del
amor.
Ofertorio
Padre misericordioso, tu Hijo Jesús se hizo
amigo de todos
y nos mostró el colmo del amor dando su propia
vida.
Haz que por este sacramento estemos más unidos a
su amor.
Postcomunión
Dios compasivo, fortalecidos con el alimento de
la vida eterna,
te suplicamos que vivamos la vida diaria con
amor y alegría.
Estas
tres oraciones se redactaron en Japón,
siguiendo la reforma
litúrgica del Vaticano II
y han
sido traducidas al español por José Lerga
http://www.telefonica.net/web2/vidaensintonia/tonosorientales.html
TÚ ME HAS ELEGIDO
Me sedujiste, Señor y me dejé seducir.
Llamaste un día a mi corazón y no pude hacer
otra cosa que seguirte.
La vida contigo se vuelve una fiesta,
las dificultades se reducen y nace en mí fuerza
y sosiego,
las alegrías se multiplican,
porque llenas mi boca de risas, mi corazón de
canciones
y toda mi vida de tu amor.
Tú haces de mi vida una fiesta, porque llenas
mis días de sentido.
Tú haces que pueda con las dificultades, porque
me recuerdas mis recursos.
Tú me conviertes en sanador de otros,
porque me llenas de sabiduría y de ternura,
para facilitar otros caminos, para entender, liberar y
curar heridas de la vida.
Tú me haces generador de la vida en abundancia,
al tiempo que la haces brotar dentro de mí
y juntos la contagiamos a los hermanos.
Para ti no valen los ritos o rezos sin sentido,
para ti vale la vida, el amor y la ternura,
Tú valoras los detalles, las vivencias y la acción,
aunque para descansar necesitemos orar la vida,
dejándonos acariciar cada día por tu amor.
Cada mañana me vuelves a llamar y me pones en marcha.
Vas presentándome hermanos con los que vivir,
vas poniendo ante mí regalos, dolor y belleza
y me vas sugiriendo el modo y la manera oportuna,
el gesto y la palabra adecuada, para llenar de tu amor la
vida entera.
Tú amor me vuelve alegre y me impulsa a alegrar.
Tu fuerza me hace fuerte y me invita a apoyar y acompañar.
Tu misericordia me hace empático y tolerante, amigo y
amante.
Tu bondad me vuelve tierno, dulce y amoroso con el género
humano.
Tu llamada me da seguridad, me descansa y me sosiega.
Tu ejemplo me dinamiza y me convierte en buena noticia.
Gracias por llamarme, Señor… Aquí me tienes, para hacer tu
voluntad.
Mª Patxi Ayerra