LA IGLESIA, SACRAMENTO DE SALVACIÓN
Capítulo 5
Importancia de lo visible en la Iglesia
A veces, se dice que lo meramente externo y visible en la
Iglesia no es determinante para que ella sea lo que tiene
que ser y cumpla con su misión en este mundo.
En este sentido, se afirma que, a fin de cuentas, lo mismo
da que el papa o el obispo vivan en un palacio o pasen la
vida en una vivienda corriente, más o menos como la casa que
puede tener cualquier ciudadano.
Y algo parecido se dice de los lugares de culto, de las
vestimentas y medios de transporte, de la forma de
presentarse en público y así sucesivamente.
Por el contrario, si somos consecuentes con la
sacramentalidad de la Iglesia, debe quedar bien claro, de
una vez por todas, que lo visible de la Iglesia, es decir,
lo que entra por los sentidos y lo que todo el mundo
percibe, no es cosa sin importancia o algo meramente
accidental. Lo visible y palpable de la Iglesia es una
categoría estrictamente teológica.
Es decir, se trata de algo que toca el ser mismo de la
Iglesia como sacramento. Y, al mismo tiempo, eso que se mete
por los ojos de la gente debe estar siempre organizado de
forma que espontáneamente lleve a los hombres y mujeres a
percibir que Jesús y su mensaje siguen presentes en el mundo
y en la historia.
Esto quiere decir que la organización externa de la Iglesia,
su derecho, sus costumbres, su funcionamiento, su estilo de
vida, sus pautas de comportamiento y, en general, todo lo
que en ella es perceptible debe estar organizado y debe
funcionar de tal manera que la gente, al ver todo eso, se
sienta espontáneamente movida y motivada para pensar que el
Evangelio sigue adelante en este mundo.
Por otra parte, es decisivo tener presente que todo lo dicho
no es algo meramente aconsejable desde el punto de vista de
la ética o de la espiritualidad. Lo que aquí está en juego
es la efectividad de la Iglesia, es decir, en esto la
Iglesia se juega el ser o no ser de su misión en el mundo.
Tomás de Aquino lo supo explicar con una de sus
formulaciones magistrales:
“los sacramentos son causa (de aquello para lo que están
instituidos) en cuanto que lo significan”
(“Sacramenta significando causant”) (De Veritate,
q. 27, a. 4 ad 13).
Es decir, en la Iglesia, la “causalidad” está ligada a la
“significatividad”. Dicho de otra forma: la Iglesia produce
y causa ante la gente aquello que la gente percibe que la
Iglesia significa, lo que la Iglesia expresa, lo que los
humanos perciben en ella y en su forma de aparecer y
manifestarse en la sociedad.
Utilizando la vieja clasificación de causalidades de la
teología escolástica, se puede afirmar que la causalidad de
la Iglesia no es “eficiente”, sino “ejemplar”.
Tal es, en efecto, la cualidad propia de los sacramentos
como causa de salvación. Lo que nos viene a decir que la
Iglesia-sacramento es causa de salvación en la medida, y
sólo en la medida, en que es una institución ejemplar para
los ciudadanos de una determinada cultura y de una sociedad
concreta.
Ahora bien, la consecuencia que se sigue de lo dicho es
fuerte. Porque eso nos viene a decir que en la Iglesia
tienen que cambiar muchas cosas y se tiene que producir una
reforma muy profunda, si es que sinceramente se quiere que
la Iglesia sea eficaz en el cumplimiento de la misión que
tiene que llevar a cabo en este mundo: la salvación, ser
“sacramento de salvación”.
Por una razón que entiende cualquiera, a saber: los valores
que son significativos para las gentes de la cultura actual
no son ya los mismos que tenían significación y ejemplaridad
para los hombres y mujeres de tiempos pasados.
Por ejemplo, en los tiempos del antiguo régimen, el poder
monárquico y la autoridad impositiva eran valores que los
ciudadanos acogían como lo más natural del mundo. Valores,
por eso mismo, en los que los fieles cristianos veían lo
mejor y hasta lo más ejemplar que podían hacer, que era, ni
más ni menos, que someterse al soberano, sin disentir ni
protestar.
Hoy ya la gente no piensa así. Ni ve en la sumisión un valor
supremo. De ahí que mientras la Iglesia siga actuando sobre
la base de una teología y una ley que obligan al
sometimiento incondicional, es seguro que la Iglesia no
cumplirá con su dimensión sacramental. Y, lo que es peor, la
Iglesia es y será una institución carente de credibilidad,
ya que, al proceder de esa forma, se ve privada de la
ejemplaridad necesaria para poder interesar a los fieles y,
menos aún, a quienes se resisten a creer en ella.
Y otro ejemplo en el mismo sentido, quizá más elocuente que
el del poder, es el que se refiere a la nueva mentalidad
sobre el sexo y todo lo que la sexualidad abarca en la vida
de las personas. Nadie duda ya de que, en este orden de
cosas, estamos asistiendo a un cambio tan profundo y tan
rápido que, como es bien sabido, la mayoría de la población,
cuando oye los sermones, discursos y consignas de la Iglesia
sobre la vida sexual, lo menos que hace es sonreír con aire
de displicencia, si no es que se llega a la indignación y al
desprecio.
Es importante caer en la cuenta de que, cuando ocurre esto,
estamos ante un fallo que no es sólo de orden “moral”, sino
además se trata de una desviación “teológica” en el sentido
más fuerte y propio de esa palabra.
Y lo peor de todo, en este asunto, es que no se ve camino
para un posible encuentro entre el discurso eclesiástico y
la mentalidad moderna. Al contrario, se trata de caminos
contrapuestos que cada día se alejan más y más el uno del
otro.
Y, por último, a los dos ejemplos anteriores, se ve como
algo evidente añadir el “desajuste sacramental” que padece
la institución eclesiástica en su forma de aparecer
públicamente ante las gentes de nuestro mundo y en la
sociedad actual. Para decirlo con más claridad, se trata de
la imagen de ostentación, pompa y boato con que, por lo
general, los obispos, los cardenales y el papa aparecen en
los medios de comunicación y ante las multitudes que tantas
veces congregan en actos públicos y diariamente en sus
vestimentas, lugares de residencia, medios de transporte,
títulos e insignias que utilizan, lugares que ocupan, etc.
Siempre los primeros y siempre de forma llamativa y sin
miedo al ridículo que mucha gente advierte en semejantes
formas de conducta pública.
Nada de eso es intranscendente desde el punto de vista
“teológico”. Porque afecta, de forma muy clara y
determinante, a la imagen, al signo y, por tanto, al
sacramento que es la Iglesia.
Ciertamente, semejante imagen está muy lejos de aquello y de
Aquél a quien los sucesores de los apóstoles tienen que
hacer presente o deben representar.
A fuerza de “vanidad ingenua” y acumulada, por la fuerza y
la debilidad (ambas cosas) del “parecer” superpuesto al
“ser”, la sacramentalidad de la Iglesia ha quedado
mortalmente herida. Lo que es tanto como decir que la misión
salvadora de la Iglesia -si es que el concilio Vaticano II
dijo la verdad- ha sido reducida y en gran medida anulada.
La cosa está clara. Las leyes que rigen el ordenamiento
interno y externo de la Iglesia, tanto el Código de Derecho
Canónico, como la Constitución o Ley Fundamental del Estado
de la Ciudad del Vaticano, son cosas que están pensadas y
redactadas de tal forma que, en tales documentos, no se
reconocen los derechos humanos de los miembros de la Iglesia
y de los ciudadanos en general.
Nadie se debería sorprender de que, en no pocas encuestas de
opinión pública, la Iglesia sea la institución que tiene hoy
menos credibilidad entre las generaciones jóvenes.
Y lo que se dice de las leyes, hay que decirlo - con más
razón - de la teología, de la moral, de la espiritualidad y
de la liturgia. Si la Iglesia sigue enseñando que para
acercarse a Dios hay que mortificar lo humano y hay que
despreciar las cosas de este mundo, es seguro que la Iglesia
no será vista como sacramento (signo o símbolo) de
salvación.
En definitiva, se trata de comprender que, si el sacramento
es “signo” o “símbolo” (de algo, para alguien), la Iglesia
significa y simboliza, ante los más amplios sectores de la
sociedad, cosas que poco a nada tienen que ver con aquello
que ella, por su propia misión y destino, tiene que
significar y simbolizar ante los hombres.
He aquí uno de los problemas más fuertes que la Iglesia
tiene que afrontar y resolver en este momento.
José M.
Castillo