SACRAMENTOS     

                             
                              

 

                             cristianos siglo veintiuno
ÍndicePágina Principal

 

 

 

    LA IGLESIA, SACRAMENTO DE SALVACIÓN

 

    Capítulo 5

 

 

Importancia de lo visible en la Iglesia

 

 

A veces, se dice que lo meramente externo y visible en la Iglesia no es determinante para que ella sea lo que tiene que ser y cumpla con su misión en este mundo.

 

En este sentido, se afirma que, a fin de cuentas, lo mismo da que el papa o el obispo vivan en un palacio o pasen la vida en una vivienda corriente, más o menos como la casa que puede tener cualquier ciudadano.

 

Y algo parecido se dice de los lugares de culto, de las vestimentas y medios de transporte, de la forma de presentarse en público y así sucesivamente.

 

Por el contrario, si somos consecuentes con la sacramentalidad de la Iglesia, debe quedar bien claro, de una vez por todas, que lo visible de la Iglesia, es decir, lo que entra por los sentidos y lo que todo el mundo percibe, no es cosa sin importancia o algo meramente accidental. Lo visible y palpable de la Iglesia es una categoría estrictamente teológica.

 

Es decir, se trata de algo que toca el ser mismo de la Iglesia como sacramento. Y, al mismo tiempo, eso que se mete por los ojos de la gente debe estar siempre organizado de forma que espontáneamente lleve a los hombres y mujeres a percibir que Jesús y su mensaje siguen presentes en el mundo y en la historia.

 

Esto quiere decir que la organización externa de la Iglesia, su derecho, sus costumbres, su funcionamiento, su estilo de vida, sus pautas de comportamiento y, en general, todo lo que en ella es perceptible debe estar organizado y debe funcionar de tal manera que la gente, al ver todo eso, se sienta espontáneamente movida y motivada para pensar que el Evangelio sigue adelante en este mundo.

 

Por otra parte, es decisivo tener presente que todo lo dicho no es algo meramente aconsejable desde el punto de vista de la ética o de la espiritualidad. Lo que aquí está en juego es la efectividad de la Iglesia, es decir, en esto la Iglesia se juega el ser o no ser de su misión en el mundo.

 

Tomás de Aquino lo supo explicar con una de sus formulaciones magistrales:

 

“los sacramentos son causa (de aquello para lo que están instituidos) en cuanto que lo significan”

(“Sacramenta significando causant”) (De Veritate, q. 27, a. 4 ad 13).

 

Es decir, en la Iglesia, la “causalidad” está ligada a la “significatividad”. Dicho de otra forma: la Iglesia produce y causa ante la gente aquello que la gente percibe que la Iglesia significa, lo que la Iglesia expresa, lo que los humanos perciben en ella y en su forma de aparecer y manifestarse en la sociedad.

 

Utilizando la vieja clasificación de causalidades de la teología escolástica, se puede afirmar que la causalidad de la Iglesia no es “eficiente”, sino “ejemplar”.

 

Tal es, en efecto, la cualidad propia de los sacramentos como causa de salvación. Lo que nos viene a decir que la Iglesia-sacramento es causa de salvación en la medida, y sólo en la medida, en que es una institución ejemplar para los ciudadanos de una determinada cultura y de una sociedad concreta.

 

Ahora bien, la consecuencia que se sigue de lo dicho es fuerte. Porque eso nos viene a decir que en la Iglesia tienen que cambiar muchas cosas y se tiene que producir una reforma muy profunda, si es que sinceramente se quiere que la Iglesia sea eficaz en el cumplimiento de la misión que tiene que llevar a cabo en este mundo: la salvación, ser “sacramento de salvación”.

 

Por una razón que entiende cualquiera, a saber: los valores que son significativos para las gentes de la cultura actual no son ya los mismos que tenían significación y ejemplaridad para los hombres y mujeres de tiempos pasados.

 

Por ejemplo, en los tiempos del antiguo régimen, el poder monárquico y la autoridad impositiva eran valores que los ciudadanos acogían como lo más natural del mundo. Valores, por eso mismo, en los que los fieles cristianos veían lo mejor y hasta lo más ejemplar que podían hacer, que era, ni más ni menos, que someterse al soberano, sin disentir ni protestar.

 

Hoy ya la gente no piensa así. Ni ve en la sumisión un valor supremo. De ahí que mientras la Iglesia siga actuando sobre la base de una teología y una ley que obligan al sometimiento incondicional, es seguro que la Iglesia no cumplirá con su dimensión sacramental. Y, lo que es peor, la Iglesia es y será una institución carente de credibilidad, ya que, al proceder de esa forma, se ve privada de la ejemplaridad necesaria para poder interesar a los fieles y, menos aún, a quienes se resisten a creer en ella.

 

Y otro ejemplo en el mismo sentido, quizá más elocuente que el del poder, es el que se refiere a la nueva mentalidad sobre el sexo y todo lo que la sexualidad abarca en la vida de las personas. Nadie duda ya de que, en este orden de cosas, estamos asistiendo a un cambio tan profundo y tan rápido que, como es bien sabido, la mayoría de la población, cuando oye los sermones, discursos y consignas de la Iglesia sobre la vida sexual, lo menos que hace es sonreír con aire de displicencia, si no es que se llega a la indignación y al desprecio.

 

Es importante caer en la cuenta de que, cuando ocurre esto, estamos ante un fallo que no es sólo de orden “moral”, sino además se trata de una desviación “teológica” en el sentido más fuerte y propio de esa palabra.

 

Y lo peor de todo, en este asunto, es que no se ve camino para un posible encuentro entre el discurso eclesiástico y la mentalidad moderna. Al contrario, se trata de caminos contrapuestos que cada día se alejan más y más el uno del otro.

 

Y, por último, a los dos ejemplos anteriores, se ve como algo evidente añadir el “desajuste sacramental” que padece la institución eclesiástica en su forma de aparecer públicamente ante las gentes de nuestro mundo y en la sociedad actual. Para decirlo con más claridad, se trata de la imagen de ostentación, pompa y boato con que, por lo general, los obispos, los cardenales y el papa aparecen en los medios de comunicación y ante las multitudes que tantas veces congregan en actos públicos y diariamente en sus vestimentas, lugares de residencia, medios de transporte, títulos e insignias que utilizan, lugares que ocupan, etc. Siempre los primeros y siempre de forma llamativa y sin miedo al ridículo que mucha gente advierte en semejantes formas de conducta pública.

 

Nada de eso es intranscendente desde el punto de vista “teológico”. Porque afecta, de forma muy clara y determinante, a la imagen, al signo y, por tanto, al sacramento que es la Iglesia.

 

Ciertamente, semejante imagen está muy lejos de aquello y de Aquél a quien los sucesores de los apóstoles tienen que hacer presente o deben representar.

 

A fuerza de “vanidad ingenua” y acumulada, por la fuerza y la debilidad (ambas cosas) del “parecer” superpuesto al “ser”, la sacramentalidad de la Iglesia ha quedado mortalmente herida. Lo que es tanto como decir que la misión salvadora de la Iglesia -si es que el concilio Vaticano II dijo la verdad- ha sido reducida y en gran medida anulada. 

 

La cosa está clara. Las leyes que rigen el ordenamiento interno y externo de la Iglesia, tanto el Código de Derecho Canónico, como la Constitución o Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano, son cosas que están pensadas y redactadas de tal forma que, en tales documentos, no se reconocen los derechos humanos de los miembros de la Iglesia y de los ciudadanos en general.

 

Nadie se debería sorprender de que, en no pocas encuestas de opinión pública, la Iglesia sea la institución que tiene hoy menos credibilidad entre las generaciones jóvenes.

 

Y lo que se dice de las leyes, hay que decirlo - con más razón - de la teología, de la moral, de la espiritualidad y de la liturgia. Si la Iglesia sigue enseñando que para acercarse a Dios hay que mortificar lo humano y hay que despreciar las cosas de este mundo, es seguro que la Iglesia no será vista como sacramento (signo o símbolo) de salvación.

 

En definitiva, se trata de comprender que, si el sacramento es “signo” o “símbolo” (de algo, para alguien), la Iglesia significa y simboliza, ante los más amplios sectores de la sociedad, cosas que poco a nada tienen que ver con aquello que ella, por su propia misión y destino, tiene  que significar y simbolizar ante los hombres.

 

He aquí uno de los problemas más fuertes que la Iglesia tiene que afrontar y resolver en este momento.

 

 

José M. Castillo

     

Subir