SACRAMENTOS     

                             
                              

 

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             LA IGLESIA, SACRAMENTO DE SALVACIÓN

                                                           

Capítulo 6

 

El problema de fondo

 

 

Sin duda alguna, si en la Iglesia ha terminado por imponerse una teología, una moral, una espiritualidad y una liturgia que, en lugar de favorecer la imagen de la Iglesia como sacramento, lo que hacen es dañar esa imagen, el motivo de tal desviación no hay que buscarlo primordialmente en causas de orden moral.

 

Es decir, la Iglesia no anda mal por el anquilosamiento trasnochado, egoísta y conservador de los hombres del clero. Es evidente que los defectos del clero influyen negativamente en la misión de la Iglesia. Pero el fondo del problema está en otra cosa,

 

Para poner en claro este asunto, seguramente lo más sencillo y lo más directo es hacerse esta pregunta: los sacramentos cristianos y, por tanto, el sacramento que es la Iglesia, ¿se explican “desde arriba” o “desde abajo”?

 

Si decimos que los sacramentos se explican desde arriba, eso equivale a afirmar lo siguiente: en la Iglesia hay sacramentos y la misma Iglesia es sacramento porque Dios lo ha dispuesto así, porque Cristo lo instituyó todo así y, en consecuencia, la Iglesia (que representa a Cristo) es el cauce a través del que la gracia divina llega a la humanidad.

 

En este supuesto, como es lógico, es la Iglesia la que dispone de los sacramentos, ella es la que los administra, los concede o los niega, porque la Iglesia es el medio instrumental, que está sobre los hombres y por mandato divino, tiene el poder y el privilegio de administrar la gracia de Dios para salvar a los mortales.

 

Por el contrario, si decimos que los sacramentos, incluida la Iglesia como sacramento, se justifican desde abajo, es lo mismo que decir lo siguiente: hay sacramentos porque los seres humanos nos comunicamos, y recibimos comunicación, mediante signos y símbolos.

 

Es decir, los humanos expresamos y recibimos nuestras ideas y experiencias fundamentales mediante signos y expresiones simbólicas. Y Dios (que respeta la condición humana hasta sus últimas consecuencias) interviene y actúa, en la vida de las personas, a través de las mediaciones de las que disponemos, para dar y recibir, para comunicar nuestras ideas (signos) y nuestras experiencias fundamentales (símbolos). Teniendo en cuenta, como ya se dijo antes, que las experiencias fundantes de la vida no se pueden comunicar al ser humano si no es mediante los símbolos que configuran culturalmente incluso nuestro cerebro.

 

Además, cuando se trata de experiencias colectivas, precisamente para unificar tales experiencias, la comunicación simbólica se realiza mediante rituales establecidos por las tradiciones de cada cultura o, eventualmente, de cada institución.

 

Ahora bien, la diferencia determinante que hay entre la primera (desde arriba) y la segunda (desde abajo) de estas dos explicaciones está en que, cuando el sacramento se explica “desde arriba”, la mediación a través del cual interviene Dios es el rito, es decir, el gesto sagrado al que se le atribuye un efecto inmediato y, de alguna manera, automático, para santificar al creyente, con tal de que el sujeto no ponga obstáculo (“óbice”, en el lenguaje teológico tradicional). Es esto lo que en teología se llama la eficacia ex opere operato.

 

Por el contrario, en la segunda explicación, cuando el sacramento se justifica “desde abajo”, la mediación a través de la cual interviene Dios, es la “experiencia” humana que vive el sujeto (y la comunidad) que realiza y celebra el sacramento. Lo cual resulta perfectamente comprensible si tenemos en cuenta que, como ya se ha dicho, los seres humanos estamos constituidos de tal forma que las experiencias fundamentales de nuestra vida las expresamos y comunicamos mediante gestos simbólicos, que, cuando son colectivos, necesitan un común acuerdo y, en ese sentido, se ritualizan.

 

Dicho esto, se comprende lo que está en juego en todo este asunto. Si el sacramento se entiende y se practica de acuerdo con la efectividad de “desde arriba”, eso lleva inevitablemente al “ritualismo” y, desde ahí, a la “magia”, cosa que no sirve sino para engañar al sujeto o a la institución que se aferra a la exacta ejecución del ritual.

 

Por el contrario, si el sacramento se pone en práctica de acuerdo con la segunda explicación, es decir, pensando en la efectividad “desde abajo”, eso es lo único que resulta coherente. Por las razones que más adelante se van a explicar.

 

De momento, quede claro que no se trata de poner en duda la absoluta necesidad de la intervención de Dios y de la gracia divina. El problema no está en eso. El problema está en saber si Dios actúa en la vida y en la historia humana, si Él se comunica con nosotros, nos humaniza y nos hace mejores personas, “mediante el rito” o “mediante la experiencia humana” que se expresa ritualmente.

 

Sin olvidar que este planteamiento afecta, por supuesto, a los sacramentos que celebra la Iglesia. Pero no sólo a eso. Antes que a la praxis de cada uno de los sacramentos, lo que se acaba de indicar afecta, ante todo, a la Iglesia como sacramento. Es más, el problema se centra, sobre todo, en la comprensión de la sacramentalidad de la Iglesia. Porque según y cómo se entiende dicha sacramentalidad, así es como se entiende y se pone en práctica cada uno de los sacramentos.

 

Y es que si, efectivamente, en la teología y en la pastoral de los sacramentos, lo que más se impone es la exacta ejecución del ritual, eso se debe a que, en la forma fundamental de comprender la Iglesia, lo que más se cuida, lo que más se urge y lo que, en cualquier caso no se tolera, es precisamente que la institución como tal, en su organización, sus poderes, sus autoridades y su imagen en bloque, todo eso se respete, se acepte, se quiera, se defienda desde todos los puntos de vista posibles.

 

Semejante mentalidad, que se suele presentar como la puesta en práctica del mayor amor a la Iglesia, es en realidad el clavo ardiendo al que se agarran todos los que se afanan, más por alcanzar la “seguridad” que proporciona lo institucional, lo normativo y lo ritual bien asimilado y ejecutado, que por acercarse a la “coherencia” que viven y tienen los que se arriesgan a orientar su vida por el camino que va trazando la experiencia humana, auténticamente humana, por los desconocidos caminos de la vida.

 

 

Magia sacramental en la Iglesia

 

Se ha dicho que el problema que plantea la interpretación del sacramento explicado en su eficacia “desde arriba”, consiste en que por ese camino desembocamos en el ritualismo. Y de ahí, en la magia sacramental. Ahora bien, todo lo que es magia (o se roza con ella) tiene como característica propia la “eficacia automática”.

 

En efecto, el que ejecuta un acto de magia, lo hace persuadido de que, si realiza ese acto observando todos los detalles que impone el ritual, por eso solo, y por eso mismo, el acto produce automáticamente el efecto apetecido, sea el que sea.

 

Por eso precisamente la magia es tan seductora para muchos espíritus. Por la sencilla razón de que mediante un esfuerzo o un ejercicio, que puede ser relativamente simple y que siempre es controlable, se consigue un efecto que no suele estar a nuestro alcance o rebasa nuestras capacidades, Esto es lo que explica la seducción que la magia ejerce sobre mucha gente.

 

La cuestión está en comprender que la magia está presente en la vida bastante más de lo que sospechamos. Porque puede (y suele) estar actuando en cosas tan simples como son tantos actos sencillos de mera superstición a los que muchas personas atribuyen el automatismo del acto propiamente mágico. Como es lógico, en tales casos, se trata de cosas sin importancia.

 

Lo verdaderamente serio en la vida está en la seguridad que, con tanta frecuencia, percibimos por el hecho de pertenecer a tal institución, a tal grupo o a tal corriente de mentalidad o ideología. Se trata, en este caso, de un mecanismo que actúa sobre todo en las cuestiones más fundamentales de la vida, concretamente en la política y en la religión.

 

En la política, mediante  el sentimiento de identidad que proporciona la pertenencia a una nación, a una tendencia, a un partido, y con relativa frecuencia desemboca en el fanatismo, en el fundamentalismo o en  conductas de tipo nacionalista.

 

Cuando se trata de la religión, lo que la “magia sacramental” produce es el sentimiento de seguridad que ofrece la garantía (engañosa) que genera la exacta fidelidad y la fiel pertenencia a una institución que se considera a sí misma como el “pueblo elegido”, la “religión verdadera”, el “camino seguro” de la salvación.

 

El común denominador de todos estos sentimientos es siempre el mismo: el mecanismo oscuro de un oculto automatismo de eficacia que no se puede ni poner en cuestión.

 

Esto es lo que explica que muchas personas den más importancia a su fiel pertenencia a la Iglesia, que a su fiel observancia del Evangelio. Porque lo primero pertenece al orden del ritual mágico, mientras que lo segundo se sitúa en el ámbito de la experiencia arriesgada y exigente. Lo primero da seguridad, en tanto que lo segundo expone al peligro.

 

La confrontación de la libertad de Jesús con la observancia de los fariseos tiene en esto su exponente más conocido. A este propósito, resulta ilustrativo recordar que, por lo que cuentan los evangelios, para los fariseos, Dios actuaba en sus vidas a través de la fiel pertenencia al pueblo de los “hijos de Abrahán” (cf. Lc 3, 8), mientras que, para Jesús, lo determinante en la vida es “pasar haciendo el bien” (Hech 10, 38).

 

Como es lógico, quienes se aferran a la sacramentalidad mágica de su pertenencia y su sumisión a la Iglesia, necesariamente incurren en una práctica sacramental diaria que se centra sobre todo en observar  exactamente las rúbricas, las normas litúrgicas y los ceremoniales, con el mayor respeto y la más estricta fidelidad. Porque a todo eso es a lo que se le atribuye la eficacia en orden a recibir la gracia que el sacramento proporciona.

 

De ahí, toda una eclesiología y una pastoral e incluso una espiritualidad, normalmente anquilosada en un pasado que ya poca gente entiende y que a pocos ciudadanos interesa.

 

Por otra parte, esto es lo que explica que haya, en algunos países, una población ampliamente “sacramentalizada”, pero que no es precisamente ejemplar por su coherencia ética o simplemente por su humanidad en las relaciones que mantiene y en los distintos ámbitos de la vida en que se desenvuelve. Cosas, todas ellas, de las que muchos cristianos se lamentan sin encontrarle la adecuada y necesaria solución.

 

Por lo demás, aquí no vendrá mal recordar que la conocida fórmula de la eficacia sacramental ex opere operato, recogida en la sesión séptima del concilio de Trento (DS 1608), no se refiere en absoluto a nada que tenga que ver con la magia que aquí se critica.

 

Esa fórmula, como bien analizó O. Semmelroth (LTK 7, 1184), tiene un origen cristológico. Y se refiere únicamente al origen de la gracia, que se recibe en el sacramento. De forma que el sentido de la fórmula está en que la gracia sacramental no tiene su origen ni en la fe del que recibe el sacramento, ni en la santidad del ministro que lo administra, sino únicamente en la vida y muerte de Cristo.

 

En consecuencia, al hablar de la eficacia sacramental, habría que decir que los sacramentos comunican la gracia ex opere operato a Christo, es decir, comunican la gracia por la obra realizada por Cristo. Por tanto, deducir de esa fórmula consecuencias que lleven a practicar los sacramentos y la liturgia con más fidelidad al rito que a la experiencia propia del  que tiene viva la “peligrosa memoria” de la muerte de Jesús (J. B. Metz), eso equivale a hacerle decir al canon de Trento lo que en realidad nunca quiso decir.

 

 

José M. Castillo

 

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