Capítulo
9
Para una reforma de la
Iglesia
Se ha dicho muchas veces que la Iglesia está siempre
necesitada de reforma. Pero la experiencia histórica nos
enseña que tal necesidad de reforma se ha puesto, con
demasiada frecuencia, más en la conversión personal de los
cristianos, que en la renovación y cambio de las estructuras
organizativas de la misma Iglesia.
Al decir esto, no se trata de establecer una disyuntiva, en
el sentido de optar o por lo uno o por lo otro. Por
supuesto, ambas cosas son necesarias.
Pero es importante caer en la cuenta de que, cuando todo el
problema de la Iglesia se pone en la conversión de los
individuos, con eso se está indicando que el centro de las
preocupaciones de la Iglesia tiene que ser la conversión del
pecado y la santidad de sus miembros. Y eso es evidente que
le tiene que preocupar a la Iglesia y por eso se tiene que
interesar. Pero, si la Iglesia se queda sólo o
principalmente nada más que en eso, tiene el peligro de
incurrir en un error que le ha costado muy caro a ella misma
y a los pueblos y culturas en los que la Iglesia ha estado o
sigue estando implantada.
Se trata del error que consiste en anteponer el tema del
“pecado”, que ofende a Dios, al problema del “sufrimiento”,
que hace desgraciados a los hombres. Como es lógico, cuando
hablamos de conversión y santidad, nos estamos refiriendo al
asunto del pecado y de las ofensas a Dios.
Ahora bien, una Iglesia centrada en ese asunto es una
Iglesia que se centra y se concentra en administrar
sacramentos. Porque para eso están los sacramentos, desde el
bautismo “para el perdón de los pecados”, hasta la
eucaristía en la que recibimos el cuerpo “que se entrega por
vosotros” y la sangre “que se derrama para el perdón de los
pecados”.
De ahí que, a partir de esta mentalidad, todo el sistema
sacramental de la Iglesia está pensado y organizado para
resolver el problema del pecado, no para humanizar este
mundo y aliviar el dolor humano.
·
El bautismo, para limpiarnos del pecado original y darnos la
gracia que santifica.
·
La confirmación, para complementar el compromiso bautismal
en esa misma dirección.
·
La penitencia, como sacramento específico y propio para
perdonar los pecados.
·
La eucaristía, para unirnos al sacrificio de Cristo que
murió por nuestros pecados.
·
La unción de los enfermos, por más que se diga que es para
darnos vida y salud, de facto, es un sacramento que se
administra a los moribundos para que Dios les perdone los
pecados que no se les han perdonado mediante el sacramento
de la penitencia.
·
El matrimonio, como sacramento a partir del cual las
personas se pueden expresar su amor sin pecar.
·
Y el orden sacerdotal, como el sacramento que confiere el
poder de consagrar la eucaristía y el poder de perdonar
sacramental-mente los pecados, como afirma el canon primero
de la sesión XXIII de Trento (DS 1771).
Con esta sencilla enumeración de los sacramentos de la
Iglesia, cualquiera se hace una idea aproximada de la
centralidad avasalladora que el tema del pecado tiene en la
teología sacramental de la Iglesia.
Ahora bien, si los sacramentos de la Iglesia están
concebidos así y administrados pastoralmente a partir de
semejante mentalidad, eso es el indicador más claro de que
la Iglesia, toda entera, está presente en este mundo como la
institución que tiene como tarea y misión gestionar y
resolver el problema del pecado.
Un problema que los dirigentes eclesiásticos se han
encargado de argumentar y presentar de forma tan
desproporcionada, que, por evitar pecados o por perdonarlos
cuando ya se han cometido, no se ha dudado en causar
sufrimientos indecibles a personas y grupos enteros en este
mundo.
Las consecuencias, que se han seguido de semejante teología,
han sido destructivas para la misma Iglesia. Porque una
institución que se presenta para eso (resolver el pecado),
interesa cada día menos al común de los mortales cuya
preocupación central en la vida es distinta (sufrir lo menos
posible)
Además, porque una Iglesia empeñada en esa tarea, no ha
tenido más remedio que presentar a un Dios que poco tiene
que ver con el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, del que
nos hablan los evangelios.
Y, sobre todo, porque una Iglesia organizada para gestionar
de esa forma el tema del pecado, ha terminado por organizar
una liturgia, unos rituales, una pastoral y hasta una
legislación, que se ha convertido en una carga pesada para
muchos y en un oscuro conjunto de ceremonias arcaicas que la
gran mayoría de los fieles apenas entiende.
Todo esto nos viene a decir que, si la Iglesia quiere tomar
en serio su propia reforma en estos tiempos, lo primero que
tendría que revisar es su teología sacramental. Y revisarla
a partir de su eclesiología.
Es verdad que la teología de la Iglesia, tal como quedó
formulada en el Concilio Vaticano II, no es ya una teología
obsesivamente centrada en el perdón de los pecados. Eso es
cierto. Pero no es menos verdad que la teología de los
sacramentos, tal como se venía enseñando desde Trento, quedó
intacta en el Concilio.
Con lo que la afirmación de la Iglesia como sacramento no ha
pasado, de facto, de ser una afirmación novedosa, pero sin
consecuencias prácticas y renovadoras, ni para la misma
Iglesia, ni para la renovación de la vida sacramental de los
cristianos.
Es verdad que después del Concilio se han traducido y
renovado los rituales de sacramentos. Pero ha sido una
renovación tímida, indecisa y que, en todo caso, se ha hecho
a partir de la teología y de la pastoral sacramental que se
venía practicando desde siglos antes del Vaticano II.
No cabe duda que, en este orden de cosas, algo se han
mejorado. Pero el fondo del problema ha quedado tal como
estaba. Y el resultado ha sido el masivo abandono de las
prácticas sacramentales por parte de amplios sectores de la
población, sobre todo en las sociedades avanzadas del primer
mundo.
La conclusión, que cabe deducir de lo dicho, es que si la
Iglesia pretende asumir en serio su propia reforma, tal
empeño tiene que empezar por afrontar el problema de los
sacramentos.
De hecho, como es bien sabido, el indicador más claro de la
crisis que padece la Iglesia, en las sociedades avanzadas,
es precisamente el abandono de las prácticas sacramentales
en grandes sectores de la población que, hasta hace sólo
algunos años, venían siendo cristianos “practicantes”. Esto
viene a decir que si la crisis se nota, antes que nada, en
el abandono de las prácticas sacramentales, la reforma
vendrá mediante la recuperación de tales prácticas.
Precisamente, si algo nos ha enseñado la experiencia del
post-concilio, ha sido que la Iglesia no se renueva o se
reforma mediante la sola renovación ideológica de su
teología. El Vaticano II elaboró una teología renovada de la
Iglesia. Pero tal teología, por sí sola, no ha renovado a la
Iglesia.
De ahí que, a estas alturas y después de cuarenta años, la
“recepción” del Concilio está, no sólo frenada en buena
medida, sino que se puede decir, sin exageración, que la
recepción del Vaticano II se ha hecho, hoy por hoy,
inviable.
Para tal recepción, la teología conciliar no basta. Las
leyes eclesiástica y la gestión de gobierno de la Iglesia no
parecen estar hoy decididas a que se ponga en práctica tal
recepción por parte del pueblo cristiano.
Quizá todo esto nos viene a decir que, de la misma manera
que la primera percepción de la crisis religiosa actual se
advierte sobre todo en el abandono sacramental, la
renovación o reforma de la Iglesia tendrá su manifestación
más obvia cuando los cristianos celebren los sacramentos
menos dependientes de la mera ejecución de las normas
establecidas. Y más atentos a los símbolos que hoy puede
asimilar nuestra cultura, nuestros valores, nuestros
intereses y, sobre todo, nuestros problemas. Porque, si los
sacramentos no responden a todo eso, no serán los signos y
los símbolos mediante los que los hombres de nuestro tiempo
pueden vivir la experiencia de la comunicación de Dios y del
encuentro con Dios.
La razón de ser de este protagonismo de las prácticas
sacramentales en la reforma de la Iglesia está en que, como
sabemos, los sacramentos son la manifestación, en los
momentos más determinantes de la vida, del sacramento
primordial que es la misma Iglesia.
Lo cual quiere decir que la crisis de las prácticas
sacramentales es, en definitiva, la manifestación más
visible de la crisis de la Iglesia en su totalidad.
Por otra parte, no conviene olvidar que los sacramentos (y
la forma concreta de celebrarlos) son la dimensión más
inmediatamente visible de la Iglesia. Por lo general, el
pueblo cristiano no tiene a su alcance el conocimiento de
los complicados estudios y análisis teológicos de la
Iglesia. Lo que la gente ve y oye son bautizos y misas,
confesiones, bodas y ordenaciones de clérigos. Así se hace
presente (o ausente) la Iglesia para la mayor parte de la
población cristiana. De ahí, la importancia determinante de
una renovación y actualización de tales celebraciones, para
conseguir así una reforma a fondo de la Iglesia.
Concretando más, es urgente que los sacramentos dejen de ser
meros actos sociales, como de hecho lo son para muchos
ciudadanos. Esto se nota especialmente en determinados
sacramentos, como es el caso de bautizos, comuniones y
bodas.
Más importante aún es que los sacramentos dejen de ser
utilizados como ocasiones privilegiadas para determinadas
manifestaciones de carácter político.
La eucaristía y el matrimonio son, en este sentido,
insistentemente adulterados en actos eclesiásticos que se
utilizan para satisfacer los intereses de determinados
grupos políticos o de instituciones públicas. Es evidente
que, en tales ocasiones, la sacramentalidad de la Iglesia
queda seriamente dañada. Con lo que estamos afirmando que
ese tipo de actos sociales o políticos pervierten, no sólo
la celebración del sacramento, sino además el ser mismo de
la Iglesia, que no es ni una institución social, ni un grupo
de presión política.
Por otra parte, si recordamos que, como ya se ha dicho, las
grandes experiencias de la vida solamente se pueden
comunicar simbólicamente, es decir, mediante los símbolos
que vehiculan tales experiencias, resulta evidente que una
Iglesia que transmite ideas y verdades, normas, mandatos y
prohibiciones, tal Iglesia, por mucho que se afane en
semejante tarea y por muchos medios de comunicación que
tenga para tal efecto, si no hace presentes en la sociedad y
en la intimidad de las personas las experiencias que pueden
dar sentido a la vida, será una Iglesia con muy poca
presencia en la sociedad y en la vida de la gente.
Porque, a fin de cuentas, las verdades y las normas que
impone la religión son cosas que interesan menos cada día.
Seguramente en esto radica el fracaso creciente de la
Iglesia en su empeño por comunicarse con las gentes de la
cultura de nuestro tiempo.
A la gente le interesa poco y le preocupa menos la ideología
que pueda difundir el hombre “religioso”. Lo que la gente
espera y necesita son experiencias que den sentido a sus
vidas. Y eso, o se hace mediante la celebración comunitaria
y la experiencia religiosa en el silencio y la paz del
retiro interior o no se hace de ninguna manera.
Por esto, en definitiva, es tan decisiva la reforma de la
Iglesia-sacramento. Y tan urgente es una renovación en
profundidad de todos y cada uno de los sacramentos de la
Iglesia.
José M. Castillo
Subir