El sentido DE
lo justo y lo injusto
en LAS neurociencias
Todas
las sociedades de todos los tiempos han reconocido que hay
cierto “sentido último y universal del Bien y del Mal”.
Ejemplos: que el odio es malo, como lo es la cobardía. Que
el respeto a los padres, la veracidad, la generosidad, el
heroísmo, la limpieza de intenciones, son cosas buenas y
bellas. Y eso en todas las épocas.
Las neurociencias están intentando ocuparse de esta cuestión
que ha sido siempre coto exclusivo de los filósofos de
todas las épocas.
¿Qué razones puedo tener para no buscar ante todo mi propio
interés?
¿Por
qué hemos de ser buenas personas y no egoístas, que es
seguramente lo más ventajoso en la lucha de la vida?
La
moral, la virtud, la ética, la honradez… ¿de dónde vienen
esas reglas de conducta y quién nos las ha fabricado?
La llamada “ley
natural”
La
“ley natural” podría haber sido dictada por la divinidad. En
apoyo de esta opinión existe una larga tradición filosófica.
Es lo
que Kant escribió en su Crítica de la Razón Práctica. Dios
ha grabado el imperativo categórico, la forma a priori de
todas las leyes morales, en lo más recóndito de cada ser
humano.
Escribía Kant:
“Dos
cosas me llenan el alma de una admiración cada día mayor: la
contemplación de un cielo estrellado por encima de mi cabeza
y la ley moral en el interior de mí mismo. El espectáculo
del espacio inmenso lleno de mundos, aniquila mi propia
importancia y me hace comprender que soy una riatura animal,
un soplo efímero de vida en este grano de polvo que es
nuestro planeta en la inmensidad de los mundos. Por el
contrario, la existencia de una ley moral en el fondo de mi
mismo, eleva infinitamente mi valor, lo libera de la
animalidad, y me lanza a una vida más allá de las estrellas,
abierta al infinito”.
Gran
filósofo fue Kant. Sin embargo, los neurocientíficos de
nuestro tiempo prefieren pensar como el filósofo David Hume,
del que Kant fue adversario. Hume afirmaba que los
fundamentos de la moralidad son algo innato que se encuentra
profundamente inscrito en sentimientos de la persona.
Origen de la empatía
Los
neurocientíficos de hoy precisan esa idea: esos sentimientos
han sido cableados en nuestro cerebro desde la primera
infancia. Aunque sólo de manera por así decir germinal,
puesto que esos sentimientos primigenios necesitan
despliegue, maduración y desarrollo a lo largo de un período
de formación.
Recojo
datos del Profesor Martin Hoffman de la universidad de
Cambrigde, en su libro Empathy and Moral Development:
Implications for Caring and Justice.
Un
niño de pocos meses llora automáticamente cuando oye llorar
a otro niño. Lo que Hoffman afirma es que el niño no llora
por simple imitación del otro. Si un bebé se siente mal y
emite una señal, el otro recién nacido llora porque él mismo
se siente mal a su vez. Aquí tenemos una primera forma de
“empatía” inconsciente.
Hacia
la edad de 12 meses, la reacción de empatía va a ser aún más
perceptible. El pequeño va a dirigir su mirada hacia el otro
niño que llora y va a ponerse a gemir él también. A los 15
meses empezarán las tentativas de acariciar o besar al otro
niño.
En
todo ello ve Hoffman el principio de la moralidad empática,
la capacidad de ponerse en lugar del otro y de sentir lo que
el otro siente. Parece como si nuestros cerebros estuviesen
cableados para tener actitudes de compasión hacia los otros.
Las
bases del altruismo, en la fase inicial de desarrollo.
El rol de la
programación parental complementaria
Conforme va avanzando en edad, el sentido de la moralidad va
a desplegarse en el niño a partir del cableado neuronal
originario, gracias al entorno corrector de padres y
educadores.
Es
misión de los padres reforzar los llamados principios
universales de moralidad, y lo hacen con el ejemplo cada vez
que delante de sus hijos expresan sentimientos de compasión
hacia los desdichados cuando los encuentran en la vida o en
la tele.
El
concurso del entorno educativo es indispensable para la
inserción del niño en el mundo y para que vaya contrastando
sus tendencias innatas a la empatía con los datos del mundo
real.
Si le
falta al niño esta ayuda de padres y educadores para la
afirmación de los buenos sentimientos innatos y la
corrección de los comportamientos egoístas, las puertas
quedarán abiertas a futuras desviaciones de conducta y hasta
a patologías declaradas.
Según
los psicólogos cognitivistas los niños descubren las normas
morales a través de las interacciones sociales (disputas,
discusiones, negociaciones). Esos conflictos obligan al niño
a adoptar puntos de vista diferentes del suyo y a coordinar
sus necesidades y derechos con los de los otros.
Algo
más tarde, pero muy tempranamente en nuestra vida, las ideas
y abstracciones empezarán a constituirse en redes neuronales
complejas organizadas en nuestro cerebro. Llegaremos a
evolucionar quizás hasta el punto de suponer que el mundo es
o debe ser originariamente justo, como pretendía Rousseau.
Y esa
será la razón por la que, cuando empezamos a comprobar en la
vida que las normas de la rectitud no son respetadas, se
alzarán en nosotros sentimientos de cólera contra los
infractores. Y si somos nosotros quienes infringimos las
normas de la conducta justa, experimentaremos sentimientos
de remordimiento, de vergüenza y de culpabilidad.
Resumiendo
El
origen de los buenos sentimientos se encuentra en el
cerebro, en sus redes neuronales, particularmente en el
sistema límbico, amígdala y tálamo.
Pero
la educación parental es clave en el desarrollo de la
moralidad.
Unas preguntas
Para
terminar propongo al lector algunas reflexiones en forma de
preguntas que no tienen respuesta fácil como nunca la tienen
las cuestiones esenciales:
¿Es lícito matar en alguna ocasión?
Las reglas morales y las leyes, propias de las diversas
religiones y de los diversos Estados, entran a veces en
contradicción flagrante con los principios morales
universales. Por ejemplo, ¿se puede matar a otro porque el
estado nos lo ordena (en la guerra) o porque la religión lo
bendice (la no santa Inquisición o el yihad de los
islamistas)? ¿Se podría discutir siquiera que Hiroshima sea
aceptable?
¿Tienen derecho los legisladores a dictar normas que
repugnan a nuestra sensibilidad moral profunda?
¿Qué pensar y qué hacer entonces? ¿Puede el estado o la
religión imponer leyes y reglas que atentan contra nuestro
sentido innato del Bien y el Mal?
Poniendo límites a la responsabilidad del individuo. Según
lo dicho, algunas faltas a la moralidad pueden ser
atribuidas a conexiones cerebrales erróneas innatas en el
cerebro de una persona. ¿Debemos presuponer que puede
tratarse de errores de cableado y abogar de entrada por la
tolerancia? Si tenemos en cuenta los errores de conexión
cerebral de origen genético y las deficiencias posibles de
la educación, la responsabilidad de delitos y “malos
comportamientos” de ciertos individuos queda atenuada.
Responsabilidad de los padres.
¿No
pudiera ser que por indolencia y descuido en la educación de
sus hijos, los padres sean corresponsables de las malas
acciones de sus hijos delincuentes? Es fácil fabricar hijos.
Pero se asume una gran responsabilidad al traerlos a la
vida. Hay que educarlos.
Los
jóvenes de hoy están viendo caer los esquemas excesivamente
rígidos de la moral sexual de otros tiempos. Nuestra
sociedad está favoreciendo nuevas formas de libertad. Pero
antes que jalear la libertad de los jóvenes, debiéramos
hacer los esfuerzos educativos necesarios para
concienciarles de sus deberes y responsabilidades en la
educación de sus hijos.
Blas Lara