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CATEDRALES INCENDIADAS Y NIÑOS FAMÉLICOS

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Entraba yo ayer (16 de abril) en el amplio recinto que alberga mi oficina en Bangui, con la cabeza ocupada por las tareas que me esperaban durante la jornada, los asuntos pendientes y cómo organizar los horarios, cuando mi compañero Abdehraman, que esperaba bajo un árbol, me llamó. Al acercarme me dio una palmada en la espalda y me dirigió una mirada de simpatía: “Lo siento mucho, de verdad. Mucho ánimo”.

Confieso que tardé en reaccionar. Mi compañero, un maliense devoto musulmán con quien he compartido muchas horas en el mismo despacho, no me estaba dando el pésame por la pérdida de ningún familiar. Me expresaba lo que sentía por la destrucción de la catedral de Notre Dame de París. Creí que se trataba de un simple cumplido, pero según pasaban los minutos y me seguía hablando del tema, me di cuenta de que era un asunto que le había llegado muy adentro. Y me llamo la atención como concluyo sus palabras: “Es una catedral que tiene un significado humano y cultural que va mucho más allá de las creencias religiosas que cada uno pueda tener”.

Una de las ventajas de trabajar en una organización internacional es que uno trata, a lo largo del día, con personas de muchas nacionalidades, religiones y culturas distintas que siempre aportan su punto de vista y su sensibilidad sobre muchos temas cruciales. Ayer fue una jornada en la que escuché muchas reacciones sobre el incendio de Notre Dame. Compañeros con los que comparto espacio y actividad y que son cristianos, musulmanes, budistas o ateos, expresaron el shock de ver la catedral en llamas y no faltaron muchos que evocaron el día, o los muchos días, cuando entraron en su interior durante una estancia en París, ya fuera por turismo, por estudios o por trabajo.

Fuera de la oficina, durante una reunión en el barrio musulmán, no faltaron tampoco amigos y socios devotos del Islam que se me acercaron a darme palabras de ánimo, como si acabara de perder mi propia casa familiar. Y no podía faltar la reacción de la Iglesia católica local. “Notre Dame de París es una madre que nos ha reunido a muchos de sus hijos”, dijo el cardenal Dieudonne Nzapalainga, arzobispo de Bangui, en la radio.

Los centroafricanos saben mucho de lugares de culto destruidos, la mayor parte de ellos por desgracia de forma intencionada como una táctica de guerra encaminada a humillar y desmoralizar al enemigo. Desde que estalló la crisis, en 2013, se han incendiado o destruido a base de golpe de martillo iglesias y mezquitas. Recuerdo muy bien a finales de 2013, durante la ofensiva de los anti-balaka en Bangui contra el régimen de la Seleka (de mayoría musulmana) como había grupos de personas en los barrios que se dirigían, muy temprano, con mazos, barras de hierro y cualquier otro objeto contundente, para demoler a golpes la mezquita local.

Hoy solo quedan en pie las mezquitas del barrio de mayoría musulmana, el Kilómetro Cinco, y otras cuatro más en el resto de la ciudad, dos de las cuales -incluida la del barrio donde vivo- han sido atacadas varias veces en momentos de conflictos inter comunitarios. Hay también iglesias católicas o protestantes que siguen en ruinas de haber sido incendiadas, dañadas o incluso -como es el caso de una parroquia- convertidas en cementerio musulmán. Recuerdo el dolor que sentí el año pasado, en la ciudad de Alindao, en el interior del país, cuando entré en el interior de su catedral y vi los destrozos que una milicia musulmana había realizado durante un ataque a un campo de desplazados de la misión católica, en el que además de matar a más de un centenar de personas, hicieron todo el daño que pudieron en el templo.

Todo esto ocurre en la República Centroafricana, considerado como el país más pobre del mundo, donde aproximadamente la mitad de la población necesita ayuda humanitaria. Estando así las cosas, alguien podrá pensar que de qué sirve gastar dinero y energía en reconstruir lugares de culto habiendo tanta necesidad. Llevo suficientes años aquí como para saber perfectamente que los propios centroafricanos saben que una cosa no está reñida con la otra. Recuerdo durante mis años en el norte de Uganda, durante la cruel guerra del LRA, que un funcionario de OCHA me dijo que cuando llega el final de una crisis es muy importante pensar en la reconstrucción de los lugares de oración, porque la gente necesita recuperar un sentido de la esperanza y una buena parte de esa restauración humana la aporta las creencias religiosas de cada cual. Cuántas veces, al trabajar aquí en Bangui con comunidades que retornan a sus hogares tras finalizar las hostilidades, además de pedir que reconstruyan sus casas y escuelas y tengan acceso al agua potable, señalan como una necesidad urgente reconstruir su mezquita o su iglesia.

Me sorprende la cantidad de mensajes subidos a las redes sociales durante los dos últimos días en los que se contraponen imágenes del incendio de Notre Dame con la de niños africanos famélicos. Algunos de estos “expertos” en asuntos humanitarios van incluso hasta el punto de acusar de hipócritas a todo aquel que desee la reconstrucción de la catedral parisina, mientras tanta gente se muere de hambre, o ahogados en el mar o víctimas de un conflicto armado. Y no faltan tampoco acusaciones a la Iglesia, sobre todo al Vaticano, por esa supuesta perversión. Contesté ayer en uno de esos foros donde sobra bilis y faltan hechos y argumentos, que recientemente el Vaticano ha construido un gran centro pediátrico en Bangui (el único que existe en todo el país), bien equipado, para dar servicios gratuitos a muchos niños cuyos padres no podían pagar el tratamiento, que ha costado más de cien millones de dolares. Fue una iniciativa del Papa Francisco durante su visita aquí en noviembre de 2015.

No conozco un solo lugar en Africa donde la Iglesia esté presente y no haya al menos una obra social para ayudar a los más desfavorecidos, o multitud de ellas. Nadie que aporte lo necesario para la reconstrucción de una catedral destruida lo hará a expensas de ayudar a los más necesitados.

 

José Carlos Rodríguez

Religión digital

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