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JESÚS RECHAZADO EN SU PUEBLO

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El evangelio que leemos este domingo IV del T. O. completa la narración de Lucas artificialmente interrumpida el domingo anterior. El comentario fundamental sería el mismo, salvo nuevos detalles. Sin embargo tiene sentido volver a reflexionar sobre las mismas ideas; san Ignacio, en las meditaciones de sus Ejercicios Espirituales, insiste en la repetición.

Qué sucedió

Ya hemos dicho que esta narración es una reelaboración de Lucas sobre un breve texto de Marcos, en la que introduce la profecía de Isaías como mensaje programático de su misión. Añade también otros detalles descriptivos, entre los que destaca el frustrado intento de sus convecinos de arrojarlo por un barranco. Esta escapatoria de Jesús no resulta real, porque supondría realizar un prodigio -¡y en beneficio propio!- que de alguna manera satisfaría la demanda de prodigios que le hacían sus convecinos; más bien parece ser una escenificación literaria del rechazo de sus convecinos. Lo que ciertamente habría sucedido fue la sorpresa (¿admiración?) de los vecinos por la enseñanza de Jesús, y también su rechazo.

Más significativo puede ser lo que Lucas suprime conscientemente del texto de Marcos. En el primer evangelio, Jesús habría reprochado a sus vecinos que “un profeta sólo es desestimado en su país, entre sus parientes y su familia”; Lucas omite (igual que Mateo) la mención de los parientes y de la familia, que en realidad tampoco estaba en el proverbio judío al que alude Jesús. Ante esta divergencia cabe preguntarse ¿quién reproduce mejor las palabras de Jesús, Marcos o Lucas y Mateo?

Marcos es más espontáneo y brusco, y acentúa la incomprensión de Jesús por su propia familia; Lucas es más conciliador en lo referente a las relaciones dentro de la comunidad, como vemos a propósito de la relación entre Pedro y Pablo, y en el llamado concilio de Jerusalén. También las comunidades cristianas estarían más inclinadas a borrar las tensiones de Jesús con su familia teniendo en cuenta que Santiago, el hermano del Señor, era el representante de la comunidad de Jerusalén.

Qué quiso transmitir Lucas

El mensaje principal es el programa mesiánico de Jesús, que el evangelio de hoy repite en la frase inicial, pero podemos ver otro mensaje específico de Lucas en la ampliación del rechazo de sus vecinos.

Ellos se quejan de que Jesús no realiza en su pueblo los prodigios que realiza en la vecina Cafarnaún, y Jesús les contesta, con insistencia provocativa, enumerando ejemplos bíblicos del rechazo de los profetas en su propia tierra. Los vecinos reaccionan con ira “y lo arrojaron fuera de la ciudad”, en una escena que parece anticipación del rechazo final al sacar a Jesús fuera de Jerusalén para crucificarlo. (Podemos interpretarlo como una prolepsis, recurso literario mediante el cual el autor prepara emocionalmente al lector para lo que más adelante va a suceder).

Nazaret estaba más aferrada a lo tradicional que Cafarnaún, ciudad fronteriza y comercial, sede de un destacamento romano. Este mensaje de Lucas está apuntando también a la acogida favorable de los gentiles frente al rechazo del pueblo judío. El libro de los Hechos, segunda parte de la obra de Lucas, termina con la llegada de Pablo a Roma: “Por tanto, enteraos bien de que esta salvación de Dios se ha destinado a los paganos; ellos sí escucharán” (Hch 28,28).

Qué percibe mi conciencia

El tercer mensaje que amplifica Lucas, y el que más resuena hoy en mi conciencia, es que “ningún profeta es bien aceptado en su tierra”.

Sea por la resistencia habitual ante un cambio, por la rivalidad que imaginamos en el compañero que destaca, o por la reacción frente a un profeta que reprocha nuestra conducta “socialmente aceptada”, lo cierto es que en el Antiguo Testamento, en tiempos de Jesús, y en la actualidad, “ningún profeta es bien aceptado en su tierra”. Un profeta, sufí o cristiano, suele ser rechazado precisamente por los miembros de su propia religión.

Un mensaje como “libertad, igualdad y fraternidad” surgió de una herencia cristiana, pero resultaba inaceptable para la institución católica. Tuvo que ser proclamado y defendido por la Revolución francesa. Hoy lo firmaríamos todos los cristianos (otra cosa es que lo cumplamos).

Actualmente no faltan en la Iglesia profetas que proclamen mensajes de Dios, pero suelen ser silenciados, o abiertamente rechazados. Las reformas que propone el Papa Francisco son mejor acogidas por los cristianos menos practicantes.

 

Gonzalo Haya Prats

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